16 de junio de 2014

Lis

Todavía hoy me quedo petrificado cuando me la cruzo por las calles de este pueblo grande con complejo de ciudad.
La observo con descaro, pensando en cuantas camas se habrá dejado hacer el amor desde que escapó de la mía, imaginando todos los labios que habrá basado, cada una de las manos que la habrán recorrido, cada estremecimiento que le habrán arrancado.
Busco sus ojos en un intento desesperado de encontrar en ellos lo que nunca estuvo ahí, un ápice de aquel sentimiento imaginario que parecía unirnos tanto en aquel lluvioso mes de abril, cuando su paraguas amarillo y sus botas de agua se quedaban noche tras noche al lado de mi americana gris.

Ella suele darse cuenta de mis miradas y yo tampoco trato de evitarlas. Parece que encuentra cierto divertimento en restregarme lo falsamente feliz que es cambiando de amante cada noche, necesitando que todos los hombres que aparecen en su vida quieran (y consigan) tirársela.
He llegado a la conclusión de que vive por y para ser deseada, que en su cabeza no existe la idea de que alguien pueda quererla si no es por querer follársela.


Si no, ¿por qué se fue de mi casa aquella noche en la que se me ocurrió susurrarle un tímido te quiero?