26 de febrero de 2014

Palpitar

Hay escarcha sobre los rosales del jardín trasero.
La noche ha sido fría y Liam lo siente hasta en el palpitar ralentizado de su corazón.
Se levanta de la cama y tose un par de veces queriendo forzar la máquina.
Parece que su corazón le oye, porque acomoda su latir a un ritmo más normal.

El desayuno está sobre la mesa.
Un té recién hecho y dos tostadas con mermelada de arándanos.
Louise ha debido levantarse ya y no le ha despertado.
Condenadamente dulce muchacha, Louise… una nieta que Liam duda merecer.

Cubre su pelo blanco con un gorro de lana y se pone los guantes para salir al jardín.
Vuelve a toser al encontrarse con la nieve y su corazón se queja.
Gruñe un insulto y avanza hacia los congelados rosales.

Liam llora en silencio mientras avanza por su amado jardín quemado por el hielo.
Una lágrima por cada rosa inmortalizada que su amada Eleine no volverá a ver.
Hace ya un año que ella se fue y hace un año que Liam sintió morir con ella.

Escucha los pasos de Louise en la nieve y se gira para abrazar a su nieta.
Ese enigma entre niña y mujer que tanto se parece a su difunta abuela.
La muchacha lo lleva de nuevo a casa y lo mete en la cama.

    _Yo también la echo en falta, abuelo_ susurra ella acariciándole el pelo_. A todas horas, a cada momento.
    _Niña…
    _Shh… calla, viejo loco_ trata de sonreír ella_. No me vengas diciendo que estas mayor, esa retahíla ya cansa… Regálame una sonrisa, una aunque sea pequeña… por favor abuelo…

El viejo sonríe apartando un mechón de pelo oscuro del rostro de ella.
La joven deja escapar el llanto y deja que su abuelo la acaricie con dulzura mientras canta una casi olvidada canción.

Cuando ella se marcha, Liam respira hondo y cierra los ojos para pensar en Eleine.

“Perdóname querida, quiero más que nada reunirme contigo, pero tengo que quedarme con ella. Tengo que cuidarla mientras pueda. Tengo que seguir obligándome a latir al menos un poco más. ¿Me esperarás?”

20 de febrero de 2014

Esta es la historia de un amor

Recuerdo la primera vez que te vi, apoyada contra la barandilla de madera de aquella enorme casa en la que tus compañeras y mis conocidos parecían pasárselo tan bien.
Tenías un botellín de cerveza vacío entre las manos y mirabas las estrellas queriendo contarlas todas.
Me detuve varios minutos en el marco de la puerta de cristal, pensando cual era la mejor manera de acercarme a la chica más bonita que había visto en mi vida.
Pero no hizo falta.
Fuiste tú la que te giraste y me invitaste a acercarme, y desde aquella sonrisa supe que no quería disfrutar de ninguna otra.

Yo volví a mi ciudad y creí que te olvidarías de mí, pero como tantas otras veces me equivoqué.
Tus cartas comenzaron a llegar y luego las citas, las llamadas, las fiestas que ya no me parecían tan aburridas…
Hiciste del mundo un lugar en el que merecía la pena estar, conseguías que el aire fuera más puro o al menos, parecía ser así para mí, pues respiraba mucho mejor cuando te tenía cerca.

Me gustaba empujarte en los columpios del parque a medianoche antes de escaparnos a la playa hasta el amanecer, la manera en que sonreías con los labios manchados de espuma de capuccino, el olor a libros y azahar de tu pelo oscuro, los desayunos con mis sudokus y tus crucigramas.
Adoraba la curva de tu cintura entallada por alguno de aquellos vestidos blancos y azules que te ponías para ir a ensayar, tus ojos entrecerrados cuando me dejabas ganar al ajedrez para hacerme jaque mate justo en el último minuto, la manera en que me decías adiós desde tu moto destartalada mandándome besos…



Pero entonces los médicos dijeron que no eras real, que nunca habías existido y ahora…
Ahora todo me parece horriblemente gris y vacío.

¿Qué voy a hacer si no estás aquí conmigo?

16 de febrero de 2014

Pequeñas cosas

Son… pequeñas cosas.

Pequeñas cosas que a veces son GIGANTES.  
Como un cielo estrellado una noche de verano o un amanecer en la playa mientras el agua te empapa los pies y entierras las manos en la arena. Como un concierto de tu grupo favorito seguido a pie de escenario dejándote la voz y la pasión.

Pequeñas cosas tan, tan pequeñas que son invisibles.
El olor a croissants un domingo por la mañana, el sonido intangible de la risa de un niño pequeño al que hacen cosquillas, la vibración en el estómago que produce el ritmo de bajo de una canción a un volumen que muchos tacharían de demasiado alto, la sensación eléctrica de una caricia en la espalda o de unos labios cerca del oído.

Pequeñas cosas que dejan de ser cosas para ser mucho más.
Una caja de cartón en manos de dos niños inquietos. Un folio en blanco ante un aspirante a escritor. Un libro. Una guitarra. Un pincel. Un pentagrama. Un bol de nata vacío. Una cama desecha.

Pequeñas cosas que se convirtieron en pequeñas cosas sin darse cuenta.
La palabra idiota. Una canción tonta de la fiesta del pueblo. Una retahíla que le repites a tu hermano cuando estás lejos. La pasión por cantar. El hecho de escribir. El subir a un escenario. Un beso en los labios y un darse la mano al pasear.

Son… pequeñas cosas.
Quizá no tan pequeñas y quizá no solo cosas.




Pero… ¿qué son si no?

11 de febrero de 2014

Búsqueda completada

Después de mucho tiempo buscando, fue la Felicidad quien me encontró a mí y no al revés. Llamó una y mil veces a mi puerta y trató en vano de colarse por mi ventana.
Pero yo, cansada y desencantada, ni si quiera me di cuenta de que estaba allí.

Aun así la Felicidad no quería darse por vencida y de verdad quería llegar a mí, y al no alcanzarme se dirigió volando como solo ella sabe al edificio de al lado, donde un joven guitarrista con alma de blues y rock n’ roll componía sus primeras obras de arte y deliraba las primeras letras de un sinfín de canciones.

Fue a Él a quien la Felicidad escogió para llegar a mí, y por supuesto lo consiguió.

Lo consiguió con conversaciones hasta horas intempestivas de la madrugada hablando en un rellano o en un altillo, lo consiguió buscando desdobles a cierta canción de los Beatles, lo consiguió dedicándome alguna que otra mirada desde algún que otro escenario…

Y lo mejor de todo, es que aún hoy, lo sigue consiguiendo día tras día, con más canciones y versos, con besos, sonrisas y reencuentros, con cervezas y copas en noches de viernes que duran hasta casi el amanecer…

Con promesas que se van cumpliendo y la fuerza que ambos ponemos por ser, y seguir siendo, felices.

2 de febrero de 2014

Mi Diosa

Volvieron la noche y su séquito de estrellas a llamarme a gritos desde el el alfeizar de la ventana.
Traté, tonto de mí, de ignorarlas.
Pero fue imposible.

Respondí a su llamada a través del cristal y dejé que aquella diosa llamada Luna me sedujera como hacía cada noche desde el día que nací.

La ventana se abrió para mí y cerré los ojos para dejarme arrastrar a mi cielo añil que me añoraba tanto como yo a él.

Ingoré las llamadas desde demasiados kilómetros bajo mies pies de las personas que decían quererme y volé sobre mis hermanas las estrellas hasta abrazar a mi amada diosa, dueña única y verdadera del loco corazón de este viejo poeta que solo vive por ella.