30 de septiembre de 2013

Noches de tormenta

No se si me ha despertado la lluvia o simplemente me impide dormir.

Miro las incandescentes letras rojas de mi odioso despertador y suspiro.
Aún son las cuatro.

Retiro la colcha blanca y la cama, una noche más, me parece desmesuradamente grande para dormir sola.
Suspiro mientras me levanto.
Necesito un té caliente.

Mientras la tetera silba, me asomo al balcón tratando inútilmente sentirme parte de la ciudad, y como era de esperar, no lo consigo.
Me siento tan sola y vacía como mi cama cada noche.

Me acurruco en la mecedora de mimbre envuelta en una maltrecha manta de lana y con la taza de té entre mis dedos, repasando con mi mano izquierda la estructura ósea de mis hombros necesitando desesperadamente que alguien los masajee y mime por mí.

Las lágrimas caen en la taza que me bebo tan lentamente como soy capaz, pues el fantasma de mi frío dormitorio y mi cama vacía aún me atormenta.

Termino el té y me obligo a acostarme.

La lluvia sigue a mi lado, no se si despertándome o impidiéndome dormir.

27 de septiembre de 2013

VIII - Secretos

    _ ¿Cómo que está muerto? ¿Qué cojones dices, Nick?
Esto no puede estar ocurriendo.
    _Jefa, yo...
Tiro la copa de coñac al suelo.
Nick no se lo espera y salta alejándose de mi escritorio.
Esto trastoca mucho mis planes.
    _Por lo menos sabrás quien ha sido, ¿no?_ doy una larga calada al cigarrillo mientras miro por la ventana.
Un nombre cruza fugazmente mi mente, pero no puede ser.
    _Ha sido ella, Jefa.
Silencio.
Nick no sabe dónde meterse, me encanta que los hombres que trabajan para mí me tengan tantísimo miedo.
    _No solo se mete donde no le llaman si no que mata a mi mejor hombre_ la última calada_. ¿Quién se ha creído que es? Mocosa insolente...

No puede ser.
Después de tantos años tiene que seguir destrozando mi vida, desbaratando mis planes.
¡No se lo consentiré!
Esta vez acabaré con ella.
No tendrá vía de escape.

    _¿Se puede?
La voz al otro lado de la puerta es grave y contundente.
Nick parece relajarse al oírla, pero no debería.
    _Lárgate de aquí antes de que acabe contigo_ le digo sin mirarle_. Dile a Joan que pase.

Mi marido entra en mi despacho serio e imponente.
Se siente frente a mí buscando respuestas.
    _Ya sabes quién a matado a Kyle, ¿verdad?_ enciende uno de sus puros_. ¿Lo has adivinado solita o te lo han tenido que soplar?
    _Esa malnacida...
    _Piensa que no podía ser de otra manera_ da una larga calada clavando sus ojos azul oscuro en mí_. Tu hija es la única que podía acabar con tu querido hombre de pelo rojo.

3 de septiembre de 2013

Hora de escapar

De nuevo retumbaron las campanas engullendo con su tañido todos y cada uno de los sonidos de aquella olvidada ciudad.

Las pisadas sobre la acera mojada quedaron envueltas en el manto de su incesante repicar, y el propietario de las mismas corría llorando, jadeando, tratando de escapar de las cuerdas que le ataban a aquel maldito lugar, cuerdas que le arrastraban y le apresaban y le obligaban a olvidarse de pensar.

Pero él seguía corriendo, seguía gritando tratando de ser más fuerte e intenso que las campanas que le llamaban y pretendían que siguiera estando sujeto. Esas campanas que con su canto horrible mantenían a su pueblo preso y quieto, sin inquietudes, sin sueños, sin deseos.

Llegó a la cima de la montaña y dio una última voz.
Las cuerdas invisibles se rompieron.
Las campanas se quebraron.
Y el silencio trajo de nuevo el sol.