16 de abril de 2012

I - Rose


Me llamo Rose.
Al menos, así es como me llamo esta noche.
Así es como mi contratante decidió que me llamara.
Me gusta Rose.
Es elegante, distinguido, con clase.
Todas esas cosas que no soy en absoluto.
¿Qué cual es mi auténtico nombre?
No lo recuerdo.
No acostumbro a poner nombres.
Las personas cambian demasiado a lo largo de la vida como para que sean siempre llamadas de la misma manera.

Este local es agradable, música suave en directo, hombres con traje, mujeres peinadas y entalladamente vestidas con ropas estrepitosamente caras.
Me gustan estos locales. Huelen a dinero.
Y a mí me encanta el dinero.
Por eso estoy aquí, esperando para comenzar a trabajar.
¿A qué me dedico?
Es muy sencillo.
Conquisto hombres.
Así de simple.
Mujeres ricas y despechadas, dolidas por un hombre que las ha dañado, buscan venganza.
Y yo se la doy.
Cortejo a esos hombres. Los seduzco. Los vuelvo locos. Los enamoro. Los cautivo. Los hago míos.
Y al final, me piden que me case con ellos.
Yo sonrío y les digo que sí, acepto sus anillos, sus joyas, sus vestidos, sus cenas.
Soy la perfecta prometida.
En los últimos tres meses me he prometido once veces.
Y el día antes de la ansiada boda –o incluso el día mismo alguna vez- se desvela un falso hecho de mi pasado que hace que al pobre hombre se le rompa el corazón.

Y de eso, señores míos, es de lo que se encarga mi jefe.
Me gusta llamarle Joe.
El día señalado, él aparece en escena. Saca trapos sucios de mí y nos vamos los dos con los regalos del hombre desencantado y los dólares de la señora despechada.
Me encanta Joe.
Tiene una nueva historia para cada hombre, y cada cual más retorcida y más perfecta. Sabe donde tiene que tocar para que me mande a freír espárragos.
A Joe le gusta llamarme Emily.
A mí no me disgusta.
Dice que le recuerdo a la eterna prometida nunca desposada, la novia cadáver de Tim Burton.
Quizá tenga razón y ese sea un buen nombre para mí.

En fin, tengo que dejaros.
Alex acaba de entrar y tengo que hacerlo mío.
No creo que sea difícil, no ha dejado de mirarme las tetas desde que ha entrado.
Bien, invirtamos el dinero de la pobre Regina.
Vamos pequeña Rose, camina hacia tu duodécimo compromiso.