22 de noviembre de 2009

IX

_¡¡Aron!!_ gritó Naedra al ver los ojos azul celeste del chico pidiendo auxilio.
Yesshen sonrió.
_ ¿Sorprendida, Naedra? ¿De veras creías que no tenía ningún as en la manga?
_ ¿Y Dara?
_Ella no estaba con el joven aradiense_ sonrió_. Una lástima, daría cualquier cosa por hacerme con los dones de la Dama de la Luz. Pero con él es más que suficiente, ¿no es cierto?
_No puedes saberlo...
_Niña ingenua_ rió de nuevo, sonoramente, haciendo temblar a la joven vestida de gris_. No hay absolutamente nada que yo no seca, y menos de mis prisioneros y de la gente que merodea mi reino.
_Suéltale.
_Ya sabes lo que has de hacer_ dijo seriamete_. Busca a Hyrca y dile que no le amas, dile que nunca podrá amarle que nunca será nada para ti.
_No...

Naedra lloraba.
Las lágrimas se agolpaban una tras otra en sus ojos plateados.
Se acercó a la jaula en la que permanecía retenido Aron y metió la mano por entre los barrotes para acariciar el rostro del joven. Su mano se manchó de sudor y sangre.
Volvió sus ojos hacia la Princesa de Hielo.
_ ¿Cómo sabre que cumplirás tu parte?
_No lo sabrás_ Naedra apretó los puños, furiosa_. En tu mano está arriesgarte.
_Te arrepentirás de todo esto, estate segura de ello.
_ ¿Y serás tú la que me enseñe la lección?_ rió amargamente_. Eres una niña, una niña que solo sabe llorar y matar con flores de plata evitando cualquier sufrimiento.
_Que le vamos a hacer_ dijo recobrando la compostura_, no todos podemos prescindir del corazón para vivir y disfrutar de la sangre ajena.
_Fuera de aquí, Naedra.
_Volveré, Yesshen, no te quepa la menor duda_ tomó aire y la plata de sus ojos se transformó en acero_. Volveré y pagarás por cuanto has hecho.

La joven de gris abandonó el palacio y la Princesa volvió sus ojos y su sonrisa hacia el guapo joven enjaulado.
_ ¿Seguro que no quieres unirte a mí, Aron?
_Jamás..._ susurró a duras penas.
_Respuesta incorrecta.

La Princesa sonrió y uno de sus dedos rozó el rostro del joven que emitió un grito desgarrador ínfimo ante el dolor que la Princesa le provocaba.





_ ¿Naedra?
_ ¿Quién anda ahí?
_Ni si te ocurra fiarte de la Princesa de Hielo.
_Pero Aron..._ respondió sin ver aún con quien hablaba.
_Escúchame bien, porque no te lo diré dos veces. Ella no es de fiar, nunca cumple sus pactos. Si le dices a Hyrca todo eso, ella matará a Aron de todos modos.
_ ¿Y qué he de hacer? ¡Tú no sabes...!
_Lo se, creeme. Se muchas cosas, más de las que debiera. Y se como acabar con ella.
_ ¿Ah sí? ¿Y por qué quieres hacerlo?
_Porque ella me mató
Naedra olvidó que debía respirar mientras una figura intangible iba tomando forma ante ella.

9 de noviembre de 2009

VIII

De verdad que lamento esta larguísima ausencia y nadie lo ha sentido más que yo, pero es que el inteligente de mi ordenador decidió morir y mis ánimos tampoco han estado lo que se dice en las nubes.
Pero como toda tempestad, parece que mi situación se ha calmada e incluso ha aparecido un Príncipe para hacerme sentir Princesa de Cuento, así que perdón a todos, y seguiré ahora con la historia de mi querido Hyrca y su amada Naedra.























Naedra, agotada, llegó ante la puerta del inmenso Palacio de Hielo en el que habitaba Yesshen. Muy a su pesar, no había podido impedir la lucha que Hyrca mantenía con su hermano, y lloró amargamente durante su viaje al aparentemente inaccesible Palacio de Kinnash.








Las puertas se abrieron para ella y con pasado firme y la espada desenvainada caminó por el pasillo de hielo completamente vacío y oscurso, horriblemente oscuro, reflejo indudable del corazón de su reina.


_Te esperaba_ susurró una voz.
_Tú debes de ser Yesshen.
_La misma_ sonrió la reina haciendo que todo el pasillo se iluminara con un fuego azulado que aumentaba el frío del ambiente_. Bienvenida a Kinassh.
_Sé que no soy bienvenida aquí, Yesshen, no soy tonta.
_Lo se_ dijo acercándose_. Si fueras tonta no habrías enamorado a Hyrca.

Naedra enrojeció. Detestaba asumir que amada al sadi, y mucho más que alguien, sobre todo ella, dijera que él sentía lo mismo. Porque podía no ser cierto, y eso la atormentaba.
La joven se quedó mirando a la reina intensamente.
Decir que era hermosa era quedarse corta. Su cabello era rubio, casi blanco, a juego con la corona adamantina que lucía y en la que aún permanecían restos de sangre de su antigua dueña. Los ojos eran transparentes, de un azul cristalino que rozaba la blancura absoluta al igual que su piel, pálida y sin impurezas, asbolutamente ninguna, lo que cotrastaba con sus elegantes y ardientes labios sangrantes de un rojo carmesí que parecía desteñir sobre su ajustado vestido de cuero azul.

_Pero se le pasará_ siguió la reina_. Eres una niña, tú no puedes darle lo que el necesita y busca. Tú no eres para él.
_ ¿Y Klaiss?
_Es un excelente guerrero, pero morirá pronto_ suspiró acercándose al oído de Naedra_. Le pierde la pasión y la lujuria.
_ ¿Vas a matarle?
_Hyrca lo hará por mí_ sonrió_. Sobre todo cuando le digas que no quieres volver a verle.
_Yo nunca haría eso.
_Claro que sí, Dama de Plata_ su sonrisa se volvió macabra, y una celda de acero se iluminó a su lado_. O él morirá.

En la celda, con la camisa blanca teñida de rojo sangre, los ojos azules de Aron brillaban pidiendo ayuda en la única persona que reconocía en aquel lugar.