24 de febrero de 2009

Realidad

Ella estaba en pie frente a la inmensidad de las estrellas como si sólo ellas pudieran comprender su dolor.
Su cuerpo estaba allí, pero su mente vagaba lejos. Y más aún su corazón.

Pensaba en él, en su sonrisa, su mirada...Pensaba en cada uno de sus gestos, en el significado de cada caricia, el valor de cada instante vivido juntos. Pensaba en lo que sentía y la fuerza que tenía ese sentimiento, en lo que la unía a él de una forma que ella incluso temía...
Pero nada podía hacer contra el amor, contra aquello que había nacido en ella y que parecía no querer salir de allí. Por primera vez en su vida, estaba segura de que amaba de verdad, como nunca lo había hecho y de una manera que dudaba que volviera a sentir.
Nada era comparabale a lo que sentía por aquel chico, tan diferente al resto, con aquellos pensamientos tan difusos a los que sólo ella sabía llegar...ella, tan AMIGA suya como la que más, la que compartía con él miles de horas en el papel de amiga incondicional... mientras le amaba mas que a sí misma...



Y es que la peor manera de amar a alguien, es estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener.
Y ella lo sabía mejor que nadie...

18 de febrero de 2009

Siempre*

Unos vaqueros encima de la cama y una selección de camisetas de esas que te pones siempre pero que te encantan y que dices que te estilizan más.
Así estaba mi cama la tarde del viernes, un viernes como otro cualquiera, en el que Danielle había salido con su Jack y su vestido rojo.

Pero no iba a salir ella sola. Yo también salía aunque no de la misma forma. También mi acompañante se llamaba Jack, Jack Fernández, pero lo que me unía a él no era ni parecido a lo que tenía Danielle con su Jack.
Ella estaba enamorada de él y él de ella, y yo me alegraba por ello.
Pero mi Jack, no es mi novio, ni mi amante, ni mi amor platónico, ni nada que se le parezca.
Mi Jack es mi mejor amigo.



Creo que Jack, mi Jack, es la persona que más me conoce en el mundo, la persona a la que le cuento todo, la que me llama una vez a la semana (como poco) para saber que tal estoy.
Esa clase de persona que me invita a cenar el viernes antes del día de los enamorados para recordarme lo importante que soy y que él me quiere como yo a él.
Jack es mi otra vía de escape, mi medio de compartir realidad e imaginación. Es quien me apoya en mis ideas y viaja conmigo a otros mundos sin necesidad de utilizar mi diario...Él y sólo él es quien sabe cuándo necesito llorar y por qué, quien me da voces cuando me lo merezco y quien me deja sentarme en su portal a las tres de la mañana porque me matan los zapatos...
Jack.
Jack Fernández.
El mismo chico de notas en la agenda y cartas de cuatro folios el último día de clase juntos... el de la sonrisa perfecta y los ojos que mejor conozco en el mundo... la persona que siempre estará conmgo pase lo que pase.
Incondicional e inamovible.











P.D: Para todos aquellos que sepan a lo que me reefiero cuando digo MEJOR AMIGO, y sobre todo, para Jack, por el hecho de existir y formar parte de mi vida...

12 de febrero de 2009

Oculta

Cansada.
Cansada de sostener la máscara que utilizo para enfrentarme al mundo.
Cansada de esconderme de aquellos que critican lo diferente.
Harta.
Harta de ser yo quien se oculte.
Harta de que no me dejen ser yo.
Harta de las miradas inquisidoras que abrasan mi piel.



Pero ya no volverá a pasar.
Nunca más.
Ya nada volverá a impedirme ser yo misma y la máscara que hasta hoy cubría mi rostro quedará guardada en la memoria de aquellos que quieran recordarme así. Pues yo no estoy dispuesta a esconderme, no seré yo quien permanezca tras una máscara veneciana de esas que no dejan ver nada.


Yo soy yo y siempre será así, por mucho que duela y muchas lágrimas que conlleve.

10 de febrero de 2009

El beso

La Dama de Blanco estaba en pie frente a las olas de mar embravecido que amenazaban con llevársela hacia sus adentros y no soltarla jamás.
Las gotas de agua salpicaban su rostro inmaculado y una mata de oscuro cabello rizado caía hacia atrás encrespado por el ambiente marítimo.
La Dama de Blanco permanecía allí, quieta cual estatua atemporal e impasible a los efectos del viento y el mar, ajena al mundo que se movía a su alrededor y totalmente lejos de donde se suponía que estaba.

De pronto, unas manos ardientes cubrieron sus ojos haciéndola estremecerse y su corazón se aceleró de forma irremediable.

_Hola..._ susurró una voz a su oído que parecía pertenecer al aire.
_¿Quién eres?_ preguntó suavemente mientras su vestido blanco bailaba al son del viento.
_Soy quien tú quieres que sea.

La Dama de Blanco giró sobre si misma y a pesar de que las manos del joven ya no cubrían sus ojos, estos permanecían cerrados obedeciendo un instinto que ella no creía poseer.
_No te conozco.
_Claro que sí_ replicó él llevando una mano a su melena y la otra a su cintura_. Me estabas esperando.
_Anoche..._ susurró ella trayendo a su mente los recuerdos de un beso soñado_. Anoche soñé contigo.
_Yo con nosotros.

Y la atrajo contra sí en un beso que los dos ansiaban con cada fibra de sus ser, un beso que les complementaba y les hacía ser uno sólo, un beso que era suyo y de nadie más y del cual sólo el mar parecía comprender el significado.
Ellos dos, unos niños de recien cumplidos dieciseis años, que apenas sabían lo que era la vida, habían descubierto el amor, un amor tan profundo que les dolería, que les haría llorar, pero que sería inmune al tiempo.

Y ella le preguntaba quién era...
Estaba claro.
Era él y no necesitaba más.

8 de febrero de 2009

Nostalgia

Las cartas estaban esparecidas por la mesa del comedor.
Exactamente quince papeles blancos escritos en tinta azul doblados y desboblados de forma incontable.
Yo los miraba sentada en la silla, como si con sólo ver la caligrafía desigual y ligeramente torcida de Alejandro me sirviera para tenerle frente a mí.

Quince folios tintados, uno por cada mes desde aquel lejano mes de noviembre en el que nos habíamos conocido. Quince meses habían pasado desde que nos vimos por primera y última vez y creció en mí una nostalgia y un cariño que no se puede explicar.


"Querida Anaid...", "...no te imaginas lo que te hecho de menos...", "como me gustaría que estuvieras más cerca...", "...te quiero tantísimo..."


Yo sabía lo que había en aquellas cartas, sabía todo lo que compartía con Alejandro y compartiría siempre, pasara lo que pasase.
No sé como ocurrió y tampoco me preocupa, pero es tan importante para mí, tan sumamente importante...





Danielle entró en el comedor y me encontró encogida sobre mi misma con lágrimas en los ojos, dijo que parecía una niña pequeña (lo sabía, siempre decía lo mismo), que cómo era posible que confiara en un chico al que apenas conocía, al que nunca veía, al que estaba, exactamente, a 897 insoportables kilómetros de mí.
Decía que debía olvidarme de él, que seguro que me contestaba las cartas por cortesía pero que no podía sentir un cariño tan fuerte por mí, que no era lógico. No era posible.

Pero yo sabía que ella mentía, lo sabía y nadie me iba a llevar la contraria. No en lo que se refería a Alejandro.
Un amigo tan importante en mi vida como mi propia hermana, una persona sin la que no sabría vivir y por la cual daría todo... y sé que el siente lo mismo por mi. No lo dudo ni lo dudaré nunca porque es lo mejor de mi mundo y no lo cambio por nada.

4 de febrero de 2009

Sombras

_Déjame dormir contigo, sólo esta noche_ dijo la niña rubia de cinco años con lágrimas en los ojos.
_ ¿Qué pasa ahora?_ preguntó su hermana sin despertarse del todo.
_Son las sombras, me dan miedo.
_ ¿Las sombras?_ preguntó asombrada_, ¿te asustan las sombras?
_Sí..._ dijo

La joven de diecisiete años perfectamente madura y mayor, que había dejado su niñez en los baúles rosas de las muñecas y en los vestidos de vuelo que le hacía mamá, se sentó en la cama y cogió a su hermana en las rodillas.

_¿Por qué te dan miedo?
_Porque son oscuras, cambian de forma y de tamaño, se mueven y parece que quieren llevarme con ellas_ respondió hablando con una seriedad impropia en una niña tan pequeña.
_ ¿Y crees que la oscuridad es mala?
_Sí_ respondió_. Lo fue contigo.

La joven se quedó sorprendida y miró a la niña a los ojos mientras la luna se filtraba en la habitación desdibujando las formas de la habitación.


_¿Por qué dices eso?
_Porque un día dejaste de jugar conmigo, dejaste de contarme cuentos y de dibujar en la parte de atrás de los cuadernos. Te pusiste los calcetines iguales, me empezaste a gritar y te volviste oscura, una sombra como todas las demás.

La joven de diecisite años se quedó embobada mirando los ojos verdes de la niña que con sólo cinco años sabía más del mundo que ella misma. Su sabiduría infantil era más acertada que sus interminables clases de filosofía y en un segundo la hizo darse cuenta de que ella no era ella. Era el producto de una sociedad que la obligaba a cambiar para ser aceptada en aquel mundo irreal en el que ser un niño grande no es lo que se tiene que hacer.

_No fue la oscuridad la que me cambió, no debes tenerle miedo.
_ ¿Ah no? ¿Entonces las sombras no son malas?
_Cambié por la luz que me cegó cariño_ susurró acurrucando a la niña contra su pecho_. Cambié por el miedo a ser una sombra.
_ ¿Entonces es la luz lo que debe preocuparme?
_No debes preocuparte por nada, por nada en absoluto_ sonrió_. La luz y las sombras forman parte del mundo, debes vivir con ambas y aprender de las dos. Sólo así serás siempre tú misma y no cambiarás nunca.

La niña pareció dormirse y al cabo de unos minutos volvió a hablar en sueños.
_Ya has vuelto a cambiar.
_ ¿Ah sí?
_Ya vuelves a protegerme como quería que hicieras siempre.

1 de febrero de 2009

Perlas de sal

Cierro la puerta tras de mí cuando llego a casa. Danielle ha salido con la Nana y aún no han vuelto.
Mejor.
No me apetece que mi hermana vea como estoy.


No quiero que absolutamente nadie se fije en las manchas de barro de mis vaqueros, en mi chaqueta mal abrochada y en mi pelo descolocado por la tormenta.
Y mucho menos, no quiero que nadie me vea la cara, eso no.

No puedo permitirme el lujo de mostrar mi debilidad, mostrar la lágrimas que como perlas de sal cubren mi rostro arrastrando el maquillaje que, idiotamente, me he puesto intentando estar mas guapa. No puedo dejar ver mis labios, trsitemente encogidos en una mueca que intenta expresar el pesar de mi alma y que yo no se si definir como hermosa u horrible.
Pero sobre todo, más importante que nada, no puedo consentir que vean mis ojos, pues en ellos está todo.
Ocultos en su gama marrón verdosa están el amor que siento hacia él y que es más fuerte que yo misma, el amor que siento y que me hace levitar cuando me abraza o me mira a lo ojos y me pregunta "¿qué hago?", el amor que siento y que es más intenso de lo que creí que podía ser. El miedo a permanecer presa de su sonrisa, su mirada, su calor... presa de él y de su amor imposible, miedo a ser para siempre su ángel de la guarda sin que él se de cuenta de nada más. Y la tristeza, la tristeza que me carcome más que otra cosa y que es la culpable de las perlas de mis ojos, la tristeza debida a que él no sabe que hacer con una chica que no le merece ni le merecerá nunca. Que no le quiere ni la mitad de lo que yo y que no está dispuesta a luchar y a dar por él absolutamente nada.






Me quedo sentada en la sala de estar, encerrada en los recuerdos de esta tarde que no se si ha sido perfecta o pésima.
Adoro estar cerca de él y que se sienta bien y que sea feliz... pero las ilusiones pueden desvanecerse y los castillos en el aire se derrumban con facilidad.
No sé si alegrarme por estar tan cerca de él, o preocuparme por si decide mantenerme lejos...