21 de enero de 2009

Las botas de agua

Llovía.
La tormenta se había hecho dueña absoluta de la noche y el agua corría por los cristales de la habtiación blanca en la que, tan sola como de costumbre, observaba la nada.

La Nana dormía en el sofá del salón principal con la radio puesta en alguna cadena de esas que sólo emiten historias de amor que tardan casi tres años en tener un final feliz.
Danielle seguía fuera con el vestido rojo y el coche blanco y su flamante novio pasándoselo en grande por los rincones de mi ciudad que supuestamente yo no conocía.

Y él ático seguía cerrado y en él el Diario Plateado que era el único modo de escapar de esta rutina que, seguramente no me gusta porque le tengo miedo. Miedo a esto. Miedo a la Realidad.

Miedo a la incomprensión de quienes me rodean, a sentirme sola aún cuando estoy rodeada de gente, a las burlas constantes, al olvido, a las mentiras, a la responsabilidad. Miedo a olvidarme de la magia de mi Diario y al poder de las Letras... miedo a que la Realidad me abrume y me obligue a dejar de soñar como ha hecho con Danielle...
Miedo a que me quiten lo que es mío como son mis palabras, miedo a que me cobren por soñar despierta como hago las veinticuatro horas del día, miedo a que al crecer deje atrás todo esto que me hace ser yo y ninguna otra.




Las botas negras estaban en la entrada, esperándome. Llamándome mudamente para que las cogiera y saliera yo también.
No dudé en obedecerlas.

Cuando salí a la calle, a la inmensidad de la noche con su despampanante luna llena y la lluvia empapó mi ropa y mi pelo, reí.
Reí como no lo hacía desde muy niña, desde que nada me importaba y no pensaba como lo ahoga ahora. Me reí cantando, dejando que el agua se llevara mis pensamientos mientras deshacía los mil rizos de mi pelo y mojaba mi rostro helándolo a la vez que me hacía sentir mejor.

En ese momento fuí feliz y descubrí, sin darme apenas cuenta, que tal vez, sólo tal vez, era más mayor de lo que pensaba y, a lo mejor, no sólo existía Magia en mi Diario, si no también en una simple lluvia que te recuerda a la infancia, en una sonrisa misteriosa al otro lado del parque o en una puesta de sol.
Sí...
Me dí cuenta de que me hacía mayor, pero sin dejar de ser una niña. Eso no. Eso nunca.

7 comentarios:

  1. Hay que aprender a crecer sin dejar de ser niños, sin duda. Me encanta este blog, me encanta tu forma de escribir y, sobre todo, me encanta leerte. Muchas gracias por escribir y por comentar.
    Carlos

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  2. Magia hay en todo aquello que queramos que la tenga.


    Un miau

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  3. Tú tampoco te quedas nada corta en el uso de la palabra. Me ha gustado mucho tu blog. Me pasaré más veces =)

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  4. en realidad es genial no dejar de ser aquella niña que llevas dentro.
    brindemos x eso!

    :)

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  5. Nunca se deja de ser niño, por mucho que lo intentes. La fuerza de tu infancia tiene mucho más poder que cualquier sentimiento maduro. Por decirlo de algún modo.
    Sólo si dejas de creer en la magia ésta desaparece para ti.

    Besos :)

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  6. Nunca jamas debemos perder al niño que todos llevamos dentro, NUNCA.

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  7. Me encanta. Teneis razon.

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