El capitán Scott, acompañado de Evans, Wilson, Bowers y Oates, alcanza
el Polo Sur. El cansancio y el frío hacen mella en sus cuerpos. Sus dedos
agrietados, sus labios cuarteados, sus pies comidos por el hielo. Exhaustos y
sin aire pisan el que llaman el punto de latitud cero.
Scott no sonríe. Evans y Wilson callan. Bowers y Oates miran deprimidos
al capitán.
Todos la ven.
Los cinco contemplan abatidos el ondear de la roja bandera noruega.
Roja como la sangre que hierve en el interior de Scott al pensar que Amudsen se
le ha adelantado. ¿Cuánto tiempo haría? ¿Una semana? ¿Un mes?
Oates suspira y carga con su mochila, con un gesto impulsa a Wilson a
ponerse en pie, a comenzar el triste y largo regreso a casa, donde quizá algún
día puedan recordar aquello sin sentirse tan decepcionados y humillados.
Son cinco. Cinco tristes ingleses con miedo a perderse en un desierto
de hielo continúan su andadura, en fila de a uno, un pie tras otro. Un mes
después, Evans camina el último, agotado, desvalido, horriblemente desolado. Y
la muerte no tiene piedad. Se ríe de él demostrando su superioridad.
Las lágrimas se congelan en los rostros de sus compañeros, que,
impotentes, dejan a su amigo bajo una tumba de hielo.
Oates no puede más. Sus pies han muerto y lo único que existe es hielo.
Hielo que se ha adueñado de sus manos al arrastrarse, tratando en vano de
encarar lo que se le viene encima. Pero nadie se atreve a dejarle atrás, Scott
jamás se lo perdonaría. Ya ha pasado otro mes y la noche fría y sin luna se
lleva con ella a Oates que no volverá a despertar jamás.
Scott no dice nada. Coge el diario de su compañero y se pone en pie.
Wilson y Bowers le siguen, inamovibles, deseando volver a su querido Londres y
así ensalzar la figura de sus compañeros perdidos. Los tres en silencio, arduo
y duro silencio pensando en sus hijos, en sus mujeres, en una vuelta a casa que
no llega nunca.
Y así, el treinta de marzo, el diario de Scott finaliza junto con él y
sus compañeros. La muerte disfrazada de hielo termina con ellos.
Ya nunca volverán a abrazar a sus hijos, ni a besar a sus mujeres. No
volverán a ver el sol ni a escuchar lo que de ellos se dirá.
Los cinco héroes ingleses caen inertes sobre el Fin del Mundo,
esperando unas ayudas que jamás llegaron y unas palabras de aliento que nadie
pudo decirles.

